11 jul. 2010

TREINTA CORAZONES

TREINTA CORAZONES

Amaneció un día de lluvia y el cielo estaba lleno de nubes, grisáceo, el sol no quería dar los buenos días a Pilar, y eso hacía que le costara tanto levantarse, ni siquiera sabía porque se despertaba triste muchos días, quizá por la falta de sol o por el frio del largo invierno, o por la falta de cariño… quien sabe… Pero sentía una gran tristeza en su interior.

Pilar era una mujer atractiva, llena de energía, no muy alta, con ojos negros vivaces y una larga melena negra, un poco escuálida pero con una seguridad aplastante que transmitía respeto hacia los demás … al menos antes era así, o al menos así la recordaban quienes años atrás la conocieron. Había perdido la ilusión, la monotonía le había atrapado y dejado seca de emociones.

La ruptura de su matrimonio a consecuencia de la infidelidad de su marido le había agotado las energías, no tenía ganas de descubrir, de conocer, ni siquiera de hablar y menos de salir. Estaba sumida en una extraña depresión sin sentido, haciendo que la tristeza formara parte de su cotidiana vida.

Ese día Pilar se levanto como siempre arrastrando los pies, con una camiseta muy ancha de colores que utilizaba como pijama, el pelo enmarañado, y una mueca extraña le cruzaba la cara en vez de una sonrisa, se dirigió hacia el baño y se dispuso hacer su rutina de cada mañana, ducharse, lavarse los dientes, peinarse etc. lo hacía como si de un robot se tratara, una cosa tras otra sin pensar, sin alterar el orden de sus movimientos. Y así, como cada día se termino de arreglar y emprendió el aburrido camino hacia el trabajo.

Primero tenía que coger el autobús número 5, el cual la dejaba muy cerca de la boca del metro, un trayecto de dos paradas y una caminata de 15 minutos la situaban cada mañana en su puesto de trabajo. En el transcurso de ese viaje se cruzaba diariamente con centenares de personas, que iban y venían, pero ella ignoraba a todo el mundo, se sumergía en la lectura de un libro o revista, y de esta manera evitaba mirar a la gente.

Lo que ella no sabía… ni siquiera imaginaba, que estaba siendo observada… que una penetrante mirada no le quitaba ojo de encima, esa mirada siguió a Pilar por todo su itinerario subiendo con ella a todos los transportes públicos requeridos hasta llegar a su trabajo. No dejo de mirarla hasta que ella desapareció tras las puertas principales del gran edificio, donde trabajaba de administrativa.

Ese fue un largo día, a Pilar se la requería al cien por cien, y ella lo intentaba, pero su energía iba a menos. Solo deseaba que fueran las 5 de la tarde para poder salir al trote y volver corriendo a la protección de su pequeño apartamento, allí se sentía segura.

Y así lo hizo, a las 17:05 ya estaba de camino hacia su casa, se paro para hacer unas compras, un poco de cena para la noche y algo de chocolate, un pequeño capricho que se regalaba así misma para alegrarse el día. Llego al portal de su casa, busco las llaves, que como siempre andaban sueltas por su caótico bolso, y por fin abrió el portal y se dirigió a la segunda planta, segunda puerta.
Ya llegando freno en seco, vio un pequeño paquete en el suelo justo delante de su puerta. Una pequeña cajita de color azul, no tenia tarjeta, solo un pequeño lazo.

Dudo en cogerlo igual no era para ella, ¿quién podría dejarle un paquete en la puerta?, pensó que igual se le había caído a alguien, aun así la curiosidad le pudo más, corriendo se hizo con el paquete y entro en su pequeño apartamento.

Cerró la puerta suspiro, y decidió acomodarse antes de abrir la cajita que deposito en el mueble de la entrada, mientras se ponía cómoda sonó el teléfono, que rápidamente cogió, era su madre, como cada 4 días la llamaba para saber de ella, y se pasaban una hora hablando de todo y nada, después de la llamada, empezó a preparar su cena, y olvido por completo la cajita.

Otro despertar sin sentido invadió a Pilar que con su rutina diaria hizo exactamente lo mismo que el día anterior, antes de salir vio la cajita que esperaba para ser abierta, pero no le daba tiempo, si se entretenía perdería el autobús. A la vuelta ya la abriría.

Al volver del trabajo ya en el portal andaba pensando en la misteriosa cajita, ensimismada en sus pensamiento, no se dio cuenta hasta que estaba a punto de abrir la puerta que ahí, en el mismo sitio, había otra cajita… Miro hacia un lado y hacia el otro, no había nadie, cogió la cajita, esta vez de color amarillo, y entro en su casa. Pensativa miro los dos paquetitos, y empezó a estirar del lazo del primer paquete, lo abrió, y se encontró con un bombón en forma de corazón, no había nada mas, extrañada se dispuso abrir la otra caja, y encontró otro corazón, pero esta vez de papel, un perfecto corazón de papel rojo, en el había escrito unas palabras “Para que endulces tu vida”. Y nada más, la cabeza de Pilar iba dando vueltas de quien podía ser el autor de esos pequeños obsequios, y sin hallar respuesta decidió guardar los paquetes y seguir con su vida tranquila y sin alteraciones.

Al día siguiente al volver del trabajo, andaba pensando si se encontraría otra cajita, y sin querer le salió una pequeña sonrisa de los labios. Pues sí ahí estaba, otra pequeña sorpresa en frente de su puerta. Sin más preámbulos la abrió allí mismo en la entrada, encontró una piedra pero en forma de corazón. Sin entender el sentido de la piedra, espero pacientemente que pasara otro día y recibir el siguiente objeto.
Una caja rosa esperaba ansiosa la llegada de Pilar, en su interior había un corazón de papel que ponía, “Ahora ya tienes un corazón de piedra”, no necesitas dos. A pilar se le escapo una pequeña risita, al leer esta frase, le estaba empezando a gustar ese juego, aun sin saber quién era el autor de esos pequeños regalos.

Los días transcurrieron y nunca sin recibir su preciada cajita, siempre corazones… de cristal, de papel, con alambre, de madera, con sus respectivos mensajes, “Un corazón de cristal para una frágil mujer”, “El de madera para que nunca dejes apagar el fuego de tu corazón”, y así iban transcurriendo los días. A Pilar le iba cambiando el carácter, ahora se levantaba un poquito más contenta, aunque el cielo estuviera gris, se tomaba tiempo para arreglarse y se maquillaba un poquito. Salía hacia su trabajo algo más liviana, y sin ese pesar que llevaba arrastrando durante meses. De vez en cuando iba mirando a su alrededor, buscando a ese desconocido, a veces se notaba observada, pero no podía ver, o no quería ver por miedo a desilusionarse.

Estando ya en su casa y habiendo recogido otra cajita, miro el mueble y se dio cuenta que tenia muchísimas cajas acumuladas, algunas contenían objetos y otras, mensajes, pero todas llevaban corazones, las conto, habían 28, se sorprendió de ver cuántos días habían transcurrido desde el primer regalo. Mirándolas detenidamente se le ocurrió una idea… y sin más preámbulos se dispuso a darle la vuelta a su fiel desconocido, cogió papel y tijera hizo un corazón y puso “Mañana te espero en mi puerta dame tu corazón en mano”.

Al día siguiente dejo el corazón en su puerta, y se fue sin pensar en nada más.

No pasaban las horas, las preguntas se le acumulaban en la cabeza, pero hacia tanto tiempo que no sentía, que le parecía algo maravilloso, volvió a mirar el reloj, eran las 4 de la tarde, en una hora ya estaría fuera.

En cuanto fueron las 17:00h salió corriendo, camino de vuelta casa, casi ahogada por las prisas, esperando encontrar al hombre que la tenia fascinada con esos mensajes y regalos, que no eran de valor pero que tan feliz le hacían.

Cuál fue su sorpresa que al llegar a la puerta de su apartamento, con la cara estupefacta se encontró con otra misteriosa caja, la abrió casi arrancando de un tirón el lazo, había un escrito en un hermoso papel en forma de corazón que ponía: “La ilusión es siempre el mejor regalo, gracias por estos días”. Casi con lágrimas en los ojos, se quedo pensativa, volvió a mirar el papel… ahora sonría, había sido su mejor mes desde hacía mucho tiempo, y no iba a dejar que esto se acabara, se dio la vuelta y salió a la calle, sabía que él estaría cerca. Miro a todo el mundo a la cara sin tener vergüenza, sin miedo, uno por uno, y así hasta tropezar con una tierna mirada, la mirada de un hombre que sostenía una cajita al otro lado de la calle. Se acercaron sin hablar él le dio la caja, y ella la abrió, estaba vacía. Se miraron y sonrieron, ella poso la mano en el pecho del hombre tocando su corazón, los dos sabían que el corazón número 30 no cabía en la caja.

FIN

A. Abril

2 comentarios:

  1. Es la historia que todas querríamos vivir, eh?
    Enhorabuena. Besos

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  2. Dicen que a veces los pequeños detalles son los que cuentan!! Y para detalle el tuyo!!! jejejej

    Besotes!!!

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